
La Zona del Cambio
“Amigo mío:
Supongo que ya haz cruzado la puerta del Corredor Infinito, sabia que lo conseguirías...”
Octavio leía mientras el hilo de humo se plasmaba sobre aquella carta que sostenía en sus manos.
“Sin embargo mi estimado, lo que haz visto en el corredor no es nada comparado con lo que viene ahora, pues esta vez no se trata de ilusiones. Te encuentras ahora en la Zona del Cambio, la llamamos así por que cada cuarto de día cambia su entorno completamente de desierto a bosque, así que tendrás que cuidarte mucho. Tu camino será en la misma dirección que se desplaza la luna y cuando llegues a La Primera Ciudad nos encontraremos.
Hasta pronto.
Atte: Esteban Debajo de la Cama”
Octavio dudoso de lo que estaba haciendo contemplaba todo a su alrededor, notando que la puerta que acababa de cruzar se había extinguido por completo, -Ahora no hay marcha atrás- dijo para si mismo.
El calor era insoportable, jamás se había sentido tan abochornado, el aire le faltaba, le costaba respirar. Intentó mirar al cielo pero el sol se lo impedía, así que decidió buscar un lugar con un poco de sombra para esperar a que la luna apareciera y de esa manera comenzar la búsqueda de “La Primera Ciudad”.
De pronto algo se escuchó, un crujido que provenía de abajo de sus pies, el piso comenzó a vibrar y el sonido aumentaba su intensidad, Octavio sentía un escalofrío que recorría todo su cuerpo a medida que la adrenalina lo invadía, se respiraba el peligro.
Armándose de valor y tratando de olvidar ese calor infernal corrió lo más fuerte que pudo pero el crujido se volvía más y más fuerte mientras la tierra vibraba y la arena se levantaba. En ese momento algo salio de la tierra por debajo de el impulsándolo hacia delante un par de metros.
-¿Qué demonios fue eso?- se preguntó mientras se giraba para contemplar una figura enorme.
Se trataba de una especie de gusano gigante de color negro con dientes grandes afilados.
Octavio no podía creer lo que estaba viendo, y quedo paralizado pues la mirada de aquel extraño ser lo intimidó.
Justo en el momento que aquella criatura se lanzo sobre el muchacho, este alcanzo a ponerse en pie y corrió como nunca antes lo había hecho, pero esto no era suficiente.
-¿Ahora que se supone que haré?- no paraba de preguntarse –No puedo morir aquí, no de esta forma-
El cansancio se hacia presente, Octavio ya no podía seguir corriendo, se encontraba agotado, mareado, confundido, su fuerza se había ido ocasionando que cayera de boca al piso, se sentía acabado, aterrorizado.
Cuando el gusano estaba a punto de devorarlo el piso comenzó a temblar, el aire se agito con fuerza y todo se movía, así que la grotesca criatura huyó en cuestión de segundos, pero el seguía tirado, con la arena haciendo remolinos a su alrededor y el sol quemándole la espalda.
De pronto todo cambiaba ante sus ojos, la tierra se abría mientras enormes árboles emergían de ella, sin poder moverse sintió que algo lo levantaba. El ambiente era mas fresco, pues el lugar se lleno por completo de árboles y plantas en extremo húmedas abundantes. Sin embargo el no reacciono hasta darse cuenta que se encontraba tendido sobre una rama de la cual termino cayendo.
Octavio intento incorporarse pero no pudo debido al dolor que la caída le causo, como le fue posible se arrastró hasta el tronco de el árbol del que había caído y se recostó boca arriba para descansar en la sombra notando que comenzaba a oscurecer.
En ese momento escuchó sonidos de aves y aullidos a lo lejos.
-¿Ahora que sigue?- pronunció desesperado con una lagrima deslizándose en su rostro.
Los escalofríos volvían, los aullidos se tornaban aterradores, cada segundo se hacia mas lento, su corazón latía tan fuerte que le provocaba gran dolor, su respiración forzada delataba su ubicación y el pánico lo poseía.
De repente el silencio inundó el lugar, Octavio no podía escuchar nada, ni siquiera su torpe respiración, como si sus oídos no funcionaran. El muchacho se sintió observado, durante un largo rato, el terror era insoportable, sabía que no estaba solo y que era cuestión de tiempo para que su vida terminara.
La noche llego completamente, el aire se volvió helado, sin embargo a esas alturas ya no le quedaba espacio para un malestar más. Se puso de pie y se recargo en el tronco a la espera de lo peor, se le dificultaba ver ya que las ramas tapaban la luz de la luna.
El silencio siguió presente, en ese momento una serie de enredaderas comenzaron a enroscarse en las piernas y brazos de Octavio cubriéndolo poco a poco a modo de ataduras mientras el paralizado veía el brillo proveniente de los ojos de mas de una docena de criaturas ocultas entre la oscuridad de aquel frío bosque.
Era tarde para pensar en escapar, pues se encontraba atado y cubierto hasta el cuello cuando una manada de lobos alados se descubrieron ante el acercándose lentamente.
-Lo siento Esteban, se acabó- murmuró
Uno de los lobos aulló dando la señal a los demás para comenzar el ataque, a lo cual comenzaron a roer y rasguñar las enredaderas para así liberar a su victima para después alimentarse.
Octavio invadido por el miedo, el dolor, el cansancio y la desesperación se dio por vencido y cerró los ojos para evitar ver lo que estaba pasando…
Por:Guillermo Tres Peña
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