La Cueva.
Saliendo de la cueva Octavio se percató de lo despejado que se encontraba el horizonte, pero debía darse prisa antes de que el panorama cambiara, además de prestar atención a cada cosa a su alrededor.
Comenzó a caminar sobre el terreno caliente y quebradizo bajo sus pies, no llevaba aun cinco minutos y ya se sentía sofocado por el sol, no se veía nada a kilómetros de distancia más que arena reseca. Continuó sin dudar durante una hora aproximadamente sin notar nada raro hasta que escuchó ruido bajo la tierra.
Bebió un poco de agua y corrió lo mas rápido que pudo mientras aquel sonido se hacia cada vez mas fuerte, recordó que ya había pasado por algo parecido y supuso que se trataba de la misma criatura, no se equivocó, pues, reconoció al instante el lugar en donde estaba, las mismas rocas, la misma tierra. Así que subió a una roca pensando en que estaría a salvo de aquel gusano gigante.
La tierra se estremeció por un momento mientras el gusano emergía. Octavo no sabia que hacer, quedo paralizado al instante en que sintió su mirada, de pronto el gusano comenzó a gritar aturdiéndolo y justo cuando se sentía invadido por el pánico llego a su mente el recuerdo, el rostro de Marcos, la expresión perversa de su sonrisa mientras presionaba su pequeño cráneo y vio a su amigo Esteban asustado en el piso, todo se nublo por un momento.
Cuando reacciono se vio saltando hacia atrás mientras el gusano se estrellaba justo donde el estuvo parado. Todo parecía estar en cámara lenta, mientras el se encontraba aun el aire tomo el cuchillo y al momento de tocar el piso se impulso hacia delante para encajar su arma en la cabeza del gusano, este se echó hacia atrás mientras la sangre brotaba y volvió a lanzarse en contra de Octavio, quien a su vez se movió para esquivarlo mientras tomaba el látigo, sin pensar en lo que estaba haciendo flageló a la criatura de tal manera que el látigo quedo enroscado en su cuello y con la otra mano encajo el cuchillo en el piso para que al momento en que el gusano se incorporara las navajas del látigo le cortaran la cabeza.
Sorprendido y empapado en sangre se dio cuenta que otros cuatro gusanos comenzaron a salir, aun sin saber que hacia corrió como pudo esquivando los ataques los otros.
Octavio se sentía muy agitado, pero no podía detenerse a pensar en eso, solo debía seguir con vida. Aun al asecho de los gusanos solo le quedaba esperar que no lo devoraran. Lo único que hacia era correr y moverse de un lado a otro, pues aun que ya había acabado con el primero aun no sabia como lo hizo, ese momento estaba borroso en su mente, como si no hubiera sido el.
Los gusanos se detuvieron y regresaron al lugar del que habían salido, la tierra comenzó a temblar.
-¡El cambio!- exclamo para si mismo y se aferro a una rama que salía de la tierra.
Todo cambiaba a su alrededor tal y como había pasado antes. Octavio se mantuvo en aquella rama mientras todo dejaba de moverse. Una vez terminado el cambio se bajo del árbol, tomó su látigo y lo extendió esperando no ser sorprendido, ya que aun debía seguir avanzando ya que aun no se ocultaba el sol.
Siguió caminando durante varias horas, pues aun que se sentía observado el camino estaba despejado, no podía descuidarse, en cualquier momento podría ser atacado por alguna criatura.
Justo en el momento en que menos lo esperaba se vio rodeado de serpientes cubiertas con espinas, eran demasiadas y Octavio no tenia escapatoria, solo dos opciones defenderse o esperar su muerte. Empezó a agitar su látigo en círculos alrededor de el para ahuyentarlas, mientras con la otra mano tomo su cuchillo y se preparó para los ataques.
Una serpiente se lanzo sobre su pierna pero el la recibió con una patada haciéndola retroceder. Octavio comenzó a avanzar abriéndose camino cortándolas y golpeándolas con su látigo, cada paso era mas rápido hasta lograr salir corriendo, sin embargo estas eran mas veloces y lo acorralaron de nuevo, se acercaron cada vez mas, ya no le temían al látigo, estaban dispuestas a atacar y el lo notó así que guardo rápidamente su cuchillo y tomo una de las esferas de cristal aun sin saber usarlas pero con la esperanza de salvar su vida.
Sin saber que hacer lanzo la esfera al piso con todas sus fuerzas, esta comenzó a cuartearse hasta explotar y provocar una onda que se expandía rápidamente entre las serpientes pero no paso nada, solo las distrajo por unos segundos, mientras aprovechó para correr de nuevo.
-¿Qué dominios fue eso? No sirvió de nada ¿Entonces para que son estas esferas?- Se preguntó.
Todo se movió de nuevo, el cambio se presentaba, las serpientes se retiraban, Octavio se echó en el piso y se quedó quieto esperando que el terreno se estabilizara, a lo lejos vio una cueva y pensó quedarse ahí.
Ya había oscurecido y la cueva estaba vacía hasta donde pudo revisar, prendió fuego y saco de su mochila algo para comer, mientras comía noto que justo enfrente de el se formaba un fino hilo de humo que ondulaba y subía para estrellarse en una plana pared formando palabras, era un mensaje, justo como la carta de su amigo, este decía…
“Octavio:
Se que fui muy duro al decirte que no estaría sobre de ti todo el tiempo, y es cierto, debes sobrevivir por tu cuenta, sin embargo necesitaras descansar y en La Zona del Cambio nada es seguro, he preparado varias cuevas para que puedas protegerte. Estas cuevas están vacías y las encontraras durante tu camino a La Primera Ciudad, antes de entrar asegúrate que estén marcadas con una cruz. En cada una te dejare mensajes que te ayudaran a seguir adelante… “
Octavio se sentía más aliviado luego de leer eso y se dispuso a dormir después de un día bastante pesado.
Mientras cerraba los ojos llego a su mente el recuerdo de la ultima parte que leyó de aquel mensaje, pues era una de las claves que debía tener muy presente durante su estancia en ese extraño mundo.
“El instinto es la base de todo, si quieres sobrevivir tienes que aprender a confiar en tu instinto.
Hasta pronto.
Atte: Mauro de Humo”
Por:Guillermo Tres Peña
No hay comentarios:
Publicar un comentario